domingo, 24 de junio de 2018

EL CIPRÉS

La noche estrellada, Vincent Van Gogh, 1889. Actualmente conservado en el MoMa de Nueva York.

Hace un tiempo que  nuestro bosquecillo no se poblaba de nuevas historias, pero en este caluroso junio volvemos con fuerza, y no lo hacemos solas. Esta nueva entrada es muy especial, ya que contamos con la colaboración de dos buenos proyectos amigos: Aina S. Erice y Las Plumas de Simurgh. A través de distintas disciplinas, como la botánica, la etnobotánica, la literatura, la mitología o el folklore, vamos a completar, juntas y revueltas, la ficha del ciprés.





CIPRÉS: ¿UNO, O MUCHOS? —Aina S. Erice




Cupressus Sempervirens. Fotografía tomada por Aina S. Erice en los jardines de La Alhambra
¿Quién es nuestro héroe?


Biológicamente, los cipreses son los afiliados al género Cupressus, dentro de la gran y feliz familia de las Cupressaceae (cupresáceas; nota lo importantes que son los cipreses, que le han prestado su nombre a la familia entera…). Para que te hagas una idea, también los enebros y sabinas (Juniperus spp.), o las secuoias (Sequoia spp.) son del mismo clan.

Hasta hace poco, los cipreses se consideraban un grupo de unas 30 especies que había echado raíces a ambos lados del Atlántico, compuesto por especies americanas, y especies euroasiáticas. Entonces llegó el ADN, y empezó a trastocarlo todo…

Las aguas taxonómicas aún no se han calmado, pero los datos insinúan que hay una división genética entre cipreses americanos y eurasiáticos más profunda de lo que creíamos —lo suficientemente profunda, de hecho, como para crear un género nuevo para los cipreses del Nuevo Mundo, que ya no serían Cupressus sino otra cosa. Por eso, si nos ceñimos a los cipreses viejo-mundistas (que no perderán su afiliación en el carné, pase lo que pase), consideraremos “sólo” 12 especies.


¿Qué pinta tienen?

Podríamos entrar en tecnicismos botánicos… pero nos abstendremos. Baste decir que:

  • a) Son plantas de hoja perenne, de tipo escamoso: crecen pegaditas a los tallos, recubriéndolos por completo como si se tratase de una cota de malla;
  • b) No poseen flores (son gimnospermas, más cercanas a los pinos y a los tejos que a los robles o a los crisantemos), pero sí tienen...
  • c) Conos (los más llamativos son los femeninos, llamados gálbulos, que en un determinado momento se “abren” para dispersar las semillas aladas de la generación sucesiva).
  • d) Producen grandes cantidades de polen, porque dependen del viento para lograr el encuentro feliz entre polen (masculino) y óvulos (femeninos) —y confiar en el viento como casamentero es como jugar a la lotería: las probabilidades de que la cosa vaya a buen puerto son más bien bajas, así que es imprescindible jugar millones de números.



La especie tipo, que “ejemplifica” lo que es un ciprés, es de sobras conocida: se trata del ciprés común, Cupressus sempervirens, de mortuoria y aromática fama. Su característica más notable es, en realidad, una no-característica: si bien en tiempos pretéritos la botánica subdividía a C. sempervirens en subespecies según su forma de crecimiento (llamándose pyramidalis aquellos afilados como lanzas, y horizontalis los que tienden a desparramarse), se ha llegado a la conclusión de que: 1) En ambientes naturales, todos los cipreses comunes son desgarbados; 2) Las formas piramidales aparecen y se mantienen debido al cultivo, por lo que se consideran cultivares; se les ha dado el nombre de Grupo Stricta. Cuando te descuidas, algunos de ellos revierten a su pose desgarbada. Ello nos lleva a la conclusión de que 3) Estas diferencias de forma no tienen importancia taxonómica.



Diferencias físicas entre cipreses. Fotografía de Aina S. Erice

Durante mucho tiempo pervivió la creencia, recogida (¿originada?) en la antigüedad clásica, de que existían cipreses macho y hembra; sin embargo, esta definición no se corresponde con lo que hoy entendemos con estos términos, pues todo ciprés produce conos femeninos y masculinos. Curiosamente, si nos atenemos a una descripción renacentista de estos cipreses monosex, vemos que “el macho hace muy esparzidos [sic] los ramos: y la hembra por el contrario, juntos y muy apiñados”… lo que parece referirse a esa diferencia entre formas del grupo Stricta, y las formas horizontalis (y más curioso todavía —si esta lectura es cierta—, los cipreses hembra serían aquellos cuya silueta recuerda más a un falo masculino).


¿Dónde viven?

Aquí tenemos un problema: pues una cosa es donde viven ahora, y otra, donde vivirían si no los hubiésemos movido de acá para allá porque nos parecían útiles y bonitos.


Esta es la franja geográfica donde podemos encontrar especies del género Cupressus (en verde, posible distribución “natural” en la cuenca mediterránea; en naranja, territorios donde se ha introducido; en rojo, cipresales naturales residuales):

Fuente: Wikipedia


Como puedes ver, buena parte del Mediterráneo es hogar de adopción, pero hace ya tanto tiempo que los adoptamos, que los consideramos más nuestros que el pan (… que también fue invención introducida).





¿Por qué los hemos apreciado?

Las cualidades que más nos han llamado la atención de los cipreses en general, y del común en particular, son dos:
  •  Su condición de árbol de hoja perenne, de color oscuro; como se verá a continuación, se presta bien a las asociaciones mortuorias, al igual que otras gimnospermas como el tejo (Taxus baccata).
  •  La composición de su madera. Al igual que la mayoría de cupresáceas, los cipreses producen resinas rojizas de característico aroma. Su madera es altamente resistente a la descomposición, convirtiéndolos en árboles madereros ideales —algo que los romanos ya apreciaban. De hecho, algunos de los portales monumentales más destacados del mundo antiguo estaban hechos con planchas de ciprés, como las puertas del enorme templo de Artemisa en Éfeso, o las puertas originales de la basílica de San Pedro. Si vas a Roma y das un paseo por el Aventino, podrás admirar los portales cipresinos de la Basílica de Santa Sabina, que a sus más de 1500 años de edad se encuentran en espléndida forma.

Cipreses en Málaga. Fotografía de Aina S. Erice
Su resina se ha empleado como ingrediente en perfumería, y tanto su madera como sus hojas y gálbulos han sido quemados como incienso desde tiempos antiguos: tenemos constancia de su uso p. ej. en Asiria, en Grecia o Roma, de ello hablaremos más adelante; en China, en cambio, el ciprés llorón (C. funebris) ha sido una de las especies más empleadas para sahumerios divinos.

De varias especies de Cupressus se ha obtenido el llamado “aceite de cedro” (nombre que ‘triunfa’ en todos los sentidos: ni es un aceite en sentido estricto, ni proviene exclusivamente de cedros verdaderos —género Cedrus, familia de los pinos; al parecer, la culpa la tienen los griegos, que empleaban el término kedros para referirse a cualquier especie resinosa). Sin embargo, las referencias antiguas al “aceite de ciprés”, p. ej. en las tablillas médicas asirias, no se refieren a aceites esenciales destilados, sino perfumados (dejando conos/ramas/trozos de madera en un recipiente con aceite, probablemente de sésamo, durante un periodo de tiempo por lo general no inferior a un mes).

Pues a los cipreses les hemos encontrado propiedades medicinales, algunas de las cuales resisten a los embates de la ciencia moderna:

  • Dioscórides, médico de origen griego que vivió en el s. I de nuestra era, describía a nuestro héroe como astringente; “sus hojas bebidas tras mezclarlas con vino dulce y un poco de mirra son beneficiosas contra la fluxión de la vejiga y las dificultades orinarias”, mientras que sus frutos majados y bebidos con vino irían bien contra problemas tan encantadores como la “expectoración de sangre, la disentería, la fluxión de vientre, la ortopnea” (dificultad para respirar al estar acostado) y las toses, entre otras cosas.
  • Hallaba uso como insecticida (sus hojas “majadas y puestas entre cualquier simiente, la defienden de todo gusano”; sus “nuezes [sic] puestas en sahumerio (…) hazen [sic] huir los moxquitos [sic]”), y como tinte capilar: se decía que las hojas de ciprés majadas en vinagre teñían los cabellos de negro.
  • El aceite esencial destilado a partir de ramas de C. sempervirens se emplea aún hoy para mejorar la circulación (hemorroides, varices, piernas cansadas, etc.). Si uno desea beneficiarse de sus propiedades, una forma fácil es preparándose un oleato de ciprés casero: llenar un tarro con ramas de Cupressus sempervirens (mejor secas, para no tener contaminaciones bacterianas imprevistas), rellenarlo con aceite de oliva, taparlo bien y dejarlo reposar en un cajón durante un mes. Y ya estará listo para friegas en pro de la buena circulación.



EL CIPRÉS EN EL CONTEXTO IRANIO —Las Plumas de Simurgh


El mundo natural ha tenido desde el inicio de los tiempos una influencia muy importante para las culturas del territorio iranio. Entre los muchos ejemplos del reino vegetal destacan especialmente los árboles y las flores, de los que podemos encontrar ejemplos simbólicos de épocas indoiranias hasta las últimas dinastías del siglo XVIII. En este caso, vamos a centrarnos en el ciprés, uno de los árboles con mayor relevancia dentro de la cultura de Irán.

Relieve de Persépolis donde se muestra a un Inmortal custodiando un ciprés
La presencia del ciprés se encuentra en prácticamente todos los ámbitos: mitológico, mágico, religioso, literario, etc. Una de las primeras referencias al ciprés la encontramos en el Bundahishn, la “Creación Primordial”, un texto enciclopédico dentro de las escrituras sagradas del zoroastrismo (el Avesta), escrito y reeditado entre los siglos VI y IX. En esta fuente se menciona al ciprés en la lista de los árboles perennes, mencionando que, aunque no produzca frutos, es beneficioso para el ser humano por su madera (Bd., 27.6). 


La tradición zoroástrica contaba que Zarathustra, el principal profeta de esta religión, había traído a la tierra una rama de un ciprés del Paraíso para plantarla con motivo de la conversión al zoroastrismo del rey Goshtāsp/Vishtāsp -este personaje también es legendario y, según las leyendas, fue uno de los primeros en aceptar el nuevo mensaje y la reforma religiosa iniciada por Zarathustra-. Esta rama de ciprés se plantó junto al primer templo de fuego en la ciudad de Kāshmar, y de hecho actualmente todavía hay un ciprés que se venera como reliquia del zoroastrismo. 


En la literatura persa el ciprés está asociado con la realeza por considerarse un árbol que pertenece al ámbito palaciego y no al mundo silvestre. Su altura le proporciona gracilidad, elegancia y señala conexiones con estadios de la existencia más elevados. En muchos textos los príncipes o héroes se comparan con poderosos cipreses para destacar su fuerza, su belleza, su juventud y su fortaleza. También es un símbolo de resistencia y perseverancia debido a su naturaleza perenne que hace que el árbol se mantenga en el mismo estado a pesar del cambio de estación. 


Una de las historias más famosas en la que encontramos cipreses está dentro del Shāh-nāma, el “Libro de los Reyes” escrito en 1010 por Abū ’l-Qāsim Ferdowsī. Se trata de un poema épico que cuenta la historia legendaria y semi-legendaria de Persia desde la creación del mundo hasta la llegada de los árabes en el siglo VII. En uno de los capítulos se detallan las pruebas que uno de los personajes, el príncipe albino Zāl, tiene que superar para demostrar que está preparado para gobernar. En uno de los acertijos planteados al príncipe por los astrólogos aparecen doce cipreses, hermosos y jóvenes, con treinta ramas cada uno. Como muy bien interpreta Zāl en la historia, estos doce árboles representan los doce meses del año, y cada una de sus ramas corresponde a un día. También simbolizan las doce veces que la luna completa su ciclo y renueva su estado. 


Placa de cerámica con un ciprés de época Safaví, datada en el s. XVIII
En el mismo episodio otro astrólogo le describe a Zāl dos cipreses que brotan directamente del océano, y un pájaro tiene un nido en cada uno de ellos. El ave pasa la noche en uno de ellos que siempre está marchito y seco, pero cuando pasa el día en el otro, el árbol está lleno de vida y desprende aroma de almizcle, un perfume muy preciado en la edad media oriental. Zāl adivina, también correctamente, que estos dos cipreses representan las dos mitades del cielo; una de ellas brilla durante el día, pero la otra está sumida en penumbra. El pájaro representa al astro solar que ilumina el mundo. 


En el sentido estrictamente botánico, en Irán crecen tres variedades de ciprés -en persa sarv-, todos pertenecientes a la especie Cupressus sempervirens. El primero es la variedad cereiforme (cereiformis Redh.), llamado comúnmente sarv-e nāz. La segunda variedad se conoce como “el ciprés de Shiraz”, sarv-e shīrāzī, o “el ciprés de Kāshān”, sarv-e kāshī; esta variedad es la más conocida, con su forma piramidal. Y la última es la variedad horizontal, que tiene muchos nombres diferentes dependiendo de la región, pero que por lo general se nombra zarbīn en la botánica persa moderna. 


-  Sarv-e Abarqūh, el ciprés sagrado del zoroastrismo


En pleno recorrido de la Ruta de la Seda, en el desierto de Abarqūh, se encuentra el que posiblemente es el ser viviente iranio de más edad, y es posible que una de las criaturas más antiguas de la tierra que todavía se mantiene con vida. Se trata del Gran Sarv, el Gran Ciprés de Abarqūh que tiene, al menos, cinco mil años. Se trata de un conjunto de troncos que ocupan diecinueve metros de diámetro y que crecen juntos, apretados entre ellos, brotando de una raíz común, y alcanza los treinta metros de altura. 


Este ciprés se ha convertido en uno de los lugares de peregrinaje más importantes para los zoroastrianos, ya que las leyendas lo consideran uno de los ejemplares plantados por el propio Zarathustra. Apareció por primera vez en un documento escrito en 1339, mencionado por Ḥamd-Allāh Mostawfī, un geógrafo e historiador del periodo Ilkhaní, que lo incluyó en su libro de maravillas Nozhat-al-qolūb, “El placer de los corazones”.


Sarv-e Abarqūh



EL CIPRÉS EN EL CONTEXTO OCCIDENTAL —Las Hojas del Bosque—


Si hablamos del ciprés en occidente, la primera imagen que nos viene a la cabeza es un cementerio, y no vamos mal encaminados. La asociación de este árbol con el contexto funerario viene de lejos, del mundo clásico concretamente, y es allí hasta donde vamos a remontarnos para descifrar el porqué de esta imagen prototípica. 
Según podemos leer en Historia de las plantas en el mundo antiguo, el ciprés debió llegar al sur de Europa gracias a los fenicios, pasando de Chipre a Creta y de allí a Grecia. Entre los griegos, el ciprés era el árbol de las regiones subterráneas por lo que también unía raíces con el dios que gobernaba estos parajes (πλουτοs). Biderman, en 1987, también recogía la consagración de este árbol a dioses del inframundo en el ámbito etrusco, como Charun, Aita o Vanth. Pero si en la Grecia clásica ya ocupaba un lugar destacado, será en época romana cundo el ciprés ocupe de manera definitiva su cátedra de árbol fúnebre.

Pero antes de explicar sus funciones en este ámbito, vamos a retrotraernos a sus orígenes mitológicos. Para ello vamos a hacer referencia a dos mitos:


1. Cipariso y Apolo

Dependiendo de las tradiciones, Cipariso será amado por Apolo, Zéfiro o Silvano, pero la más reconocida es la relación entre el joven y el dios de la música y las artes. Cuenta el mito que Cipariso siempre iba acompañado de un hermoso ciervo blanco. Apolo regaló al joven una jabalina que, en un desagradable accidente, acabó hiriendo de muerte a su fiel compañero. El dolor de Cipariso era profundo y, desconsolado, pidió al dios que lo convirtiera en ciprés para aplacar su sufrimiento. Ovidio, en sus Metamorfosis, recoge esta transformación: 


"Sigue él gimiendo y pide a los dioses, como última gracia, guardar luto por todos los tiempos. Y cuando ya toda la sangre se le había derramado en sus interminables llantos, sus miembros empezaron a cambiarse en un color verde, y los cabellos que poco antes le colgaban de la nívea frente Chipre, y, según otros de a convertirse en una erizada maraña, y después de adquirida una complexión rígida, a contemplar con una delgada copa el estrellado cielo. Profirió el dios un quejido y dijo apesadumbrado: “Yo te guardaré luto a ti, y tú lo guardarás a otros y acompañarás a los que están en duelo[1]”.



2. Las hijas de Etéocles

Las hijas de este rey de Orcómeno se encontraban en una fiesta en honor a las diosas Démeter y Perséfone. Arrastradas por las divinidades, de torbellino en torbellino, acabaron en el fondo de un estanque. Gea, al ver esta escena, se apiadó de las muchachas y las convirtió en cipreses[2]




Dido en la pira funeraria. Grabado de Ferdinand Keller
El mito del joven Cipariso justifica de manera muy directa el uso de este árbol en el ámbito funerario. Si en la Grecia clásica ya se empleaban las ramas del ciprés en los funerales, Roma será el culmen de estas tradiciones. Se asocia a dioses como Silvano, Plutón o Proserpina. En la vida cotidiana, tenemos menciones al uso del ciprés en los textos de Varrón, quien nos cuenta que era habitual la quema de ramas de ciprés alrededor de las tumbas, quizás atendiendo a la exhalación de su perfume. Otras manifestaciones eran rodear los árboles con pequeños altares funerarios o colocar ramas de ciprés a la entrada de las casas para indicar el luto, como bien nos indica Plinio en su Historia Natural —«Está consagrado a Dite y por esa razón se coloca delante de las casas en señal de duelo»— Esta última práctica se podía interpretar como un freno ante la contaminación que conlleva la muerte y evitar que ésta penetre en el hogar.

Un buen ejemplo para leer sobre estas prácticas es la Eneida de Virgilio, donde nos describe tres funerales —Polidoro, Miseno y Dido—, en los cuales se usa el ciprés como elemento en los rituales funerarios. Tanto en el funeral de Polidoro como en el de Dido, se colocan partes del ciprés como ornamento en los lechos —Aen. 3, 62-68—. En el de Miseno —Aen. 6, 216—, los cipreses se usan para rodear la pira funeraria con dos objetivos: combatir los malos olores desprendidos del cadáver y, a su vez, evitar la contaminación mortuoria de la que hablábamos en el párrafo anterior. 


Angelo de Gubernatis nos cuenta un relato infantil en el cual el diablo llega a medianoche para robar tres cipreses confiados a tres hermanos. El filólogo relaciona este árbol con el inframundo y el dios Plutón.


Y si bien su relación con la muerte es su asociación más reconocida, también podemos encontrarlo como elemento decorativo en jardines por, como nos dice Plinio, “su follaje fino, corto y siempreverde”. Era, y es, habitual verlo como línea fronteriza en las lindes de las fincas. 


Estatuillas romanas de corte sexual. Fuente
Pero su simbología no sólo se reduce a la muerte y la inmortalidad, sino que podemos encontrarlo también como símbolo fálico. El arco de Eros o el cetro de Júpiter estarían hechos de madera de ciprés, además está relacionado con Príapo. Debido a su relación con la naturaleza y la fecundidad, era habitual encontrar figuras de este dios con grandes falos y talladas en madera de ciprés, vigilantes en los campos y jardines. Y volvemos a Plinio, puesto que nos cuenta que al ciprés se le conocía igualmente como “la dote de la hija”. Era un árbol muy rentable, muy usado en ebanistería y escultura. Mª Jesús Prieto apunta, además, que esta denominación se debe a una tradición romana de plantar cipreses en el nacimiento de una hija, con la intencionalidad de encontrar cónyuge (relacionado con el valor económico de esta madera).


Y para terminar este recorrido no podemos olvidar hacer mención a la medicina, pues podemos encontrar este árbol consagrado a Asclepio (Esculapio).


Por tanto, la simbología occidental del ciprés está relacionada con el ámbito funerario, la inmortalidad —una característica muy común en la simbología de las coníferas—, la generación y el alma. 

Pero en el extremo Oriente también tendrá un peso importante como árbol predilecto del shintoismo —madera de hinoki (chamaecyparis obtusa)—, ya que sirve para construir templos e instrumentos, además de provocar con el roce de dos trozos de esta madera, la chispa que enciende el fuego sagrado. Tanto en China como en Japón simbolizan la longevidad, la incorruptibilidad y la pureza.


BIBLIOGRAFÍA


Ciprés: ¿Uno, o muchos?
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  • LITTLE, Damon P. “Evolution and Circumscription of the True Cypresses (Cupressaceae: Cupressus)”, en Systematic Botany 31 (3):461-480. 2006. 
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  • LAGUNA, Andrés. Pedacio Dioscorides Anazarbeo, Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortiferos &etc. En casa de Juan Latio, 1555. De libre consulta en Google Books pinchando aquí.

El ciprés en el contexto iranio

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  • BOYCE, Mary: History of Zoroastrianism, vol. 1, Leiden, Brill, 1975. 
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El ciprés en el imaginario occidental

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  • PRIETO ESTEBAN, Mª Jesús: Plantas y árboles en el mundo clásico. Madrid: Aurea Clásicos, 2011.
  • SEGURA MUNGUÍA, Santiago; TORRES RIPA, Javier: Historia de las plantas en el mundo antiguo. Bilbao-Madrid: Universidad de Deusto, CSIC, 2009.
  • VIRGILIO: Eneida. Versión de Rafael Fontán Barreiro. Madrid: Alianza editorial, 2005.


NOTAS

[1] Fragmento extraído de: PRIETO ESTEBAN, Mª Jesús: Plantas y árboles en el mundo clásico. Madrid: Aurea Clásicos, 2011. p. 49.

[2] Ibidem

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